Rodrigo Villacís Molina
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Ahora tengo entre manos un libro que me ha llegado de Riobamba: Opiniones, divertimentos y otras ocurrencias, reza el título, y el subtítulo: Periodismo de Opinión. Es una edición del Núcleo de Chimborazo de la Casa de la Cultura, y lo firma Franklin Cepeda Astudillo (Riobamba, 1975), a quien conocimos con oportunidad de su trabajo en la primera edición ecuatoriana de Don Quijote de la Mancha, y a cuya autoría se deben también títulos como Riobamba: palabra, imagen e historia, entre otros. Esta vez ha recogido sus artículos publicados en el diario Los Andes, de su ciudad natal, entre el año 2003 y el 2011; textos que ha clasificado en: Disquisiciones, Desde el entorno local, Costumbrismo contemporáneo, Estampas de la vida diaria y Divertimentos. Debo confesar que he disfrutado de su lectura, precisamente cuando necesitaba distraerme mientras me recuperaba de un episodio clínico y necesitaba de ese suero que se halla en libros como este, donde se encuentra el humor, los juicios inteligentes, bien documentado y a veces severos; pero en todo caso en las dosis adecuadas. Claro que no han faltado los resentimientos, las amenazas y los que digan que Cepeda se cree "la última Coca Cola en el desierto" (de Palmira, desde luego). Gajes del oficio, como ocurre con todo el que se atreve a decir su verdad, aunque duela. En este caso, sobre todo en el mundillo cultural, que resulta particularmente sensible.
A juzgar por este libro, en ese mundillo provinciano proliferan los "artistas" empeñados, como dice Cepeda, en "vendernos gato por liebre": pseudo escritores, pseudo pintores, pseudo músicos, pseudo promotores culturales, etc., etc., contra quienes arremete duramente, en "textos concebidos como artículos de opinión, con atisbos de ensayo, filípica, arenga o admonición", según el mismo autor, al que los destinatarios de esos artículos han calificado, cuando menos, de "insolente", y hasta ha sido demandado por más de un "agraviado".
Pero también hay artículos de tono amigable, nostálgico, evocador; reveladores de ciertas circunstancias citadinas, y, en la última parte, hasta humorísticos, como el prontuario de la beligerancia cotidiana, o esos cuestionarios para saber si el lector es un intelectual-lumpen, un perfecto caballo, o un buen riobambeño. En este último caso se pregunta, por ejemplo: ¿Bate palmas cuando en un "acto cultural" tocan "La Riobambeñita"?, o ¿Se siente halagado cuando, al saber su procedencia, se le asocia con nobles de sangre azul?, o ¿Se enoja si le dicen "Las colas en Riobamba, heladitas no más"?
En fin, hay de todo en este libro, que uno puede leer comenzando por cualquier parte, según el propio humor, o dejarlo de lado mientras, como en mi caso, me suministraban una medicina; para retomarlo más tarde, así mismo aleatoriamente, a fin de olvidar con su lectura cualquier malestar postoperatorio.







